‘Sufrirán Psicosis como Norman’


¿Y las alas?

dibujo

Hay cosas por las que merece la pena salir en toalla al balcón a las 7 y 30 de la mañana. Merece la pena ser consciente de la metamorfosis dermatológica que sufre tu cuerpo, ahora gallina.

Es lo único que te faltaba, la piel, porque cobarde lo has sido siempre.

Pero bueno, al fin y al cabo, sé que acabaré dialogándo con la televisión. Y os reiréis. Y yo soltaré una lágrima.

Porque también me estaré riendo.


Tal y como Sócrates afirmaba.

No sé. Quizá nos hayamos dado cuenta de que no somos ningún fantasma y que por eso, no son necesarias las cadenas atadas a los tobillos.

¿Hubiera sido todo distinto si mis alas no fueran de cartón?

Tampoco me hubiera sacado nunca el carnet de avión… No sé. No tengo complejo de aeroplano, y aunque lo tuviera, no volaría. Eso es lo único que sé… bueno, no sé, también sé que lo único que tengo es complejo de espejo roto. Este es el tercer año consecutivo de mala suerte – me quedan sólo cuatro, ¡bien!-.

Pero, ¿sabes? Aquí nadie sabe nada. Flotamos en el vacío que nos rodea, pensando que tan sólo nos separan diez metros y podemos acercarnos a los demás cuando nos apetezca… Pero nuestra distancia, es la distancia que separa a los planetas de las estrellas. Ni un solo cohete de la Nasa ha sabido aterrizar en mi estación.

Pero no sé. Yo tampoco sé nada. Y aunque lo supiera, sufro de bipolarismo metamorfósico.


Tiritas para el corazón.

Vivo en el subconsciente. Me desahucié de la conciencia cuando la hipoteca empezó a subir de precio.

Sólo sé hablar cuando callo. Mis mejores palabras son aquellas que flotan silenciosas por el aire. Puedes leerme la mirada.

Hago listas en un desesperado intento de ordenar mi encéfalo. Listas que me veo obligada a cambiar diariamente, porque mi vida siempre está con las puertas abiertas y en un constante intercambio de flujos. A veces me he llevado algún que otro portazo. Varias veces, para ser exactos dentro de la inexactitud.

Tantos portazos acabaron resquebrajando mi corazón. Agoté todas las tiritas del supermercado en un intento desesperado por volverlo a recomponer.


Venus as a boy.

Dame de esa luz que desprendes, de la que guardas en los bolsillos, de la que te sobra para iluminar tu camino, que el mío, hace ya tiempo que está fundido.

Dame de esa luz. Dámela toda, no quiero que te guíe a descubrir mis cobijos, donde guardo escondidos todos los momentos que quisieron ser perdidos, donde las polillas se alimentan de las esperanzas a las que les ha salido moho. Dame de esa luz, no es una orden, es una petición. Tú eres el ser más brillante que conozco.


EXCENTRISMO.

“A veces me gustaría poder detener el tiempo para fotografiar todos los paisajes que resultan imperceptibles para el ojo humano”. Es lo que pensó Lucía mientras contemplaba cómo las nubes dibujaban curiosas formas en el cielo crepuscular. No tenía nada que hacer. Tampoco ayer tenía que hacer nada, ni antes de ayer. La verdad es que hacía más de un mes que no iba a trabajar. Ella decía que no tenía ganas, pura vaguería, pero su psicólogo redactaba en los informes que Lucía padecía síntomas de ‘depresión neurótica aguda’. A ella el psicólogo no le gustaba, ni como hombre, ni como médico, tan sólo accedió a ir para contentar a su madre, la señora Álvarez, que le rogó tres veces al día, durante un mes: “Ves al psicólogo, por favor” – le pedía al desayunar mientras le servía el café; “Irás al psicólogo, ¿verdad? – le preguntaba esperando como respuesta una afirmación; “Un amigo de una amiga de una compañera de trabajo es psicólogo, si quieres, él te podría ayudar a curarte” … ¿Ayudarla a curarse?

Lucía no estaba enferma, no necesitaba repararse el cerebro, ella tan sólo sentía curiosidad sobre lo que la gente llamaba ‘el otro mundo’, ya que consideraba que el mundo en el que vivimos es un pañuelo sí, pero lleno de mocos. Ella no se intentó suicidar dos veces, no, simplemente quería hacer un viaje a un destino que ninguna compañía de viajes convencionales ofrecía. Al segundo intento de suicido, su psicólogo pensó que sería buena idea internarla en un centro psiquiátrico. A las dos semanas de ingresar, la directora del psiquiátrico habló con la madre de Lucía:

-          Escuche, señora Álvarez, su hija es una chica excéntrica, pero mentalmente sana, no es menester que continúe aquí ingresada, las sesiones con el psicólogo serán más que suficientes.

Nadie nunca antes había adjetivado a Lucía como ‘excéntrica’, en el barrio casi todo el mundo prefería decir que estaba loca (más que nada porque el 89% de la población censada desconocía la existencia de la palabra excéntrica).

La señora Álvarez, más tranquila después de las palabras de la doctora, se vuelve a llevar a Lucía a casa. Como cena, la señora Álvarez preparó macarrones con salsa boloñesa, el plato preferido de Lucía.

-          La cena ya está lista.- advirtió la señora Álvarez a Lucía.

 

No recibe ninguna respuesta. Asustada, corrió hacia la habitación de Lucía i abrió la puerta, sin llamar dos veces como hacía siempre. Lucía estaba tumbada en la cama, con una sonrisa y una nota en la mano que leía: “A la tercera va la vencida. Deséame un buen viaje”.

No había deshecho la maleta.


En la ventana no crecen flores.

Y me quedo mirando la pantalla del ordenador.

Intercambio la pantalla plana por una ventana.

Miro la ventana pero sólo veo más ventanas.

Dentro de cada ventana hay una casa, o es que dentro de cada casa hay una ventana?

Una casa. Una historia. Una persona que baja la persiana.

Yo no soy ningún voayeur, pero sigo mirando por la ventana.

No me interesa mirar nada, tan sólo ser consciente de que estoy mirando por la ventana.

El Palau Sant Jordi. Cierro los ojos y me concentro, quizá así oiga la música de algún concierto. No, no oigo música. Sólo la televisión del comedor. Belén Esteban está discutiendo con alguien.

El MNAC. Me encanta el MNAC. Y sus sofás para contemplar la cúpula. Y sus cuadros, claro, y sus exposiciones, y sus esculturas que posan como modelos…

Y me acuerdo de muchas cosas. De personas, de momentos, de arrepentimientos, de ‘quieros’ y ‘no puedos’, de cervezas, de cigarros y de lo que no son del todo cigarros… y el sol me alumbra en los ojos. Me aparto de la ventana y al cerrarlos, veo rallas de luz blanca. Sigo mirando por la ventana. Debo seguir mirando por la ventana. El sol, el sol sigue mirándome. Hablándome. ¿Qué quiere? No puedo levantarme y dejar la ventana. La ventana me llama, me aclama… ¿o es la televisión?

No, no, seguro que es la ventana. O el sol. El sol brilla, el sol me quiere. La persona que había bajado la persiana, vuelve a subirla. ¿Qué demonios mira? Hace mucho calor. Mi campo de visión ha perdido al MNAC, ha perdido al Palau Sant Jordi, ahora sólo veo el mar. Y el sol que sigue llamándome. La persona que hace un momento ha subido la persiana, sigue contemplándome, ahora con cara de espanto y habla con su teléfono móvil. La brisa en mis pies. Voy descalza, tengo las zapatillas en mi habitación y no hay tiempo para ir a por ellas. El sol me llama.


Onírico.

Es domingo, pero el despertador suena igualmente. Le gusta que el despertador interrumpa sus delirios oníricos, porque el hecho de apagarlo, y continuar durmiendo después, para Él, es una auténtica victoria. La única en su vida.
20 años conviviendo con este “caótico mundo”, y todavía no es capaz de describirse a sí mismo. La imagen que tiene de sí mismo es un espejo agrietado, donde cada trozo corresponde a una definición suya dada por alguna de las muchas chicas con las que ha estado. Una ecologísta partidaria del Green Peace lo comparó con un oso Panda: exótico y en extinción; Como conclusión de 10 meses de relación, una decoradora de interiores sentenció que: “Tu cabeza está bien decorada, pero joder, tienes el cerebro sin amueblar”.
Después de tantas metáforas, Él comprendió que la figura literaria con la que más se identificaba era la antítesis.
5 horas después de que sonara el despertador, Él decide levantarse. Agradece seguir viviendo en la casa de sus padres, la comida pre-cocinada le supone una tortura alimentícia. Se sienta en el sofá con el mando de la televisión encima de la barriga. Observa sin comprender a los diferentes personajes que aparecen en pantalla. ¿A quién se le ocurre poner a estas horas la televisión? Sólo dan películas de serie B y programas en los que la gente vende gratuítamente su dignidad. ‘Ahora mismo sería más interesante estudiar los posibles efectos secundarios que el mando podría hacer en mi organismo’, piensa Él.
Con este optimismo existencial, más bien característico de Murphy, sale a dar una vuelta, concretamente a devolver unos Dvd’s sin ver y un libro sin acabar de leer, a la biblioteca. No se ducha. Ya se duchó ayer, y quien sabe, quizá el hedor sudoríparo es beneficioso para las plantas. El pomo de la puerta le advierte que ha sido una mala idea salir en pleno arrebato solar. No obstante, no se preocupa, dispone de unas gafas de sol imitación RayBan. Al doblar la esquina, se dispone a tirar las gafas en el contendor, pero se da cuenta de que un indigente observa sus movimientos y que, cuando Él se gire y continúe calle abajo, el indigente se abalanzará sobre el container y apartará basura desesperadamente, en busca de las gafas. Él es muy empático, así que no quiere hacer sufrir al indigente, y le entrega las gafas en mano. “Que Dios te bendiga”, le agradece aquel pobre indigente. “¿Que Dios me bendiga? – piensa Él- Pues estamos apañados”.
Nunca Él había reparado en la soledad que habita los domingos por las calles. No hay niños en los parques, no hay ancianos viendo obras, no están los borrachos en sus respectivos bancos con sus respectivas ‘Xibecas’. Sólo está él, Él. “¿Qué ha pasado con el mundo? – se pregunta Él- Quizá el Apocalipsis ha llegado y como bien apuntó el indigente, Dios me ha bendecido”. Durante dos segundos llegó a creerse esa ilógica posibilidad Todo el mundo sabe que Dios no existe, o en su defecto, es Billy Wilder.
Llega a la biblioteca.

- Está cerrada. – le advierte una voz.

Por un momento, Él pensó que se trataba de una psicofonía, pero al girarse, descubre la silueta de una chica mirándole extrañamente. Él la ignora durante unos instantes. Se agacha y cuidadosamente, deja los Dvd’s sin ver, y el libro sin terminar de leer, a los pies de la puerta de la biblioteca.

- Supongo que a todo el mundo le gustan las sorpresas.- le dice con aire soñador a la chica, y emprende su camino de vuelta a casa, despacio…

La chica mira a Él marchar, y se adelanta hasta donde yacen los Dvd’s sin ver y el libro sin acabar de leer. Se agacha y coge un Dvd al azar.

- Titanic. Vaya, mi película preferida.

La chica coge el Dvd y se marcha, también, a su casa.